Satélites pequeños, ambiciones grandes: NewSpace y la revolución CubeSat
CubeSats pequeños llevaron a Costa Rica, Guatemala y Paraguay a órbita. El INTEC construye QuisqueyaSat-1 para detectar sargazo.
En 1999, en el laboratorio de sistemas espaciales de Stanford, el profesor Bob Twiggs puso sobre la mesa una caja plástica de 10 centímetros, de esas en las que vienen globos de cristal y decidió que ese sería el tamaño de un satélite. Junto a Jordi Puig-Suari, de Cal Poly, escribió una especificación de pocas páginas con una meta concreta de que un estudiante de posgrado pudiera diseñar, construir y operar una nave espacial completa antes de graduarse. Fijaron el tamaño antes de decidir la misión, a diferencia de cómo se diseña normalmente una nave espacial.
¿Qué es un CubeSat?
Un CubeSat es un satélite armado en unidades cúbicas de 10 centímetros de cada lado. La unidad básica se llama 1U y su masa está limitada a 1.33 kilogramos en la especificación clásica y hasta 2 en la revisión vigente del estándar. Se pueden sumar unidades (3U, 6U, 12U), pero las dimensiones y las interfaces mecánicas son siempre las mismas.
Ahí está el truco. La estandarización hizo más por el acceso a la órbita que la miniaturización. Piensa en los contenedores del puerto de Caucedo. A la grúa no le importa qué hay adentro ni de quién es la carga; todos miden lo mismo y se agarran igual. Es parte de la razón por la que mover mercancía por barco se volvió barato. El CubeSat es el contenedor del espacio: como todos comparten dimensiones, cabe en cualquier desplegador estándar y aprovecha el espacio que cualquier cohete tenga de sobra.
El desplegador es el mecanismo que expulsa el satélite. El P-POD que diseñó Cal Poly mantiene el satélite apagado y sujeto durante todo el ascenso; ya en órbita abre una compuerta y un resorte lo empuja hacia afuera. Para que quepa, la nave tiene que respetar dimensiones, masa, centro de gravedad y salientes. También tiene que llevar interruptores físicos que impidan encender el radio o desplegar una antena antes de tiempo. El cohete que la lleva no puede correr el riesgo de que una carga se encienda antes de tiempo.
Los primeros CubeSats llegaron a órbita el 30 de junio de 2003. Ese día, seis pequeños satélites construidos por universidades de Dinamarca, Japón, Canadá y Estados Unidos viajaron como cargas secundarias en un cohete ruso Rokot que despegó del cosmódromo de Plesetsk. Al cerrar 2025, la base especializada nanosats.eu contabilizaba 2,973 CubeSats lanzados. En poco más de dos décadas, el estándar CubeSat creó alrededor de sí un ecosistema de componentes comerciales, sistemas de despliegue y servicios de lanzamiento que redujo considerablemente las barreras de entrada. Por eso hoy un laboratorio universitario en Santo Domingo puede plantearse seriamente diseñar y operar un satélite propio, algo que antes habría requerido un costo elevado.
Satélites pequeños: el 97% de todo lo que llegó a órbita en 2024
En 2024 se lanzaron 2,790 satélites pequeños, según BryceTech. Representaron el 97% de todas las naves espaciales puestas en órbita ese año y el 81% de la masa total de naves enviadas al espacio. En 2025 la actividad volvió a crecer: 325 lanzamientos orbitales desplegaron 4,544 naves, un 54% más que el año anterior. De ellas, 4,466 eran satélites pequeños. Solo en 2024, inversionistas colocaron 7.8 mil millones de dólares en empresas espaciales emergentes.
Un CubeSat es un satélite pequeño, pero no todo satélite pequeño es un CubeSat. La distinción importa: muchos pesan varias veces más que un CubeSat típico, aunque con frecuencia ambos términos se mezclan al describir el crecimiento de la industria.
Durante décadas, poner un satélite en órbita fue privilegio de potencias. Hoy la lista de operadores incluye instituciones educativas y pequeñas empresas que hace diez años no existían.
¿Cómo se reducen los costos de lanzamiento?
Un CubeSat puede reducir el costo de acceso a órbita de varias maneras. Puede viajar como carga secundaria (rideshare) en un lanzamiento programado, parecido a enviar un paquete por courier dentro de un cargamento que transporta muchos otros envíos, en vez de pagar por el transporte completo.
También aprovecha electrónica comercial adaptada, en lugar de hardware espacial certificado y hecho a la medida. El satélite paraguayo GuaraniSat-1 probó en órbita exactamente ese tipo de piezas, incluida una celda solar de perovskita. Algunos llegan a la Estación Espacial Internacional como parte de una misión de reabastecimiento y son desplegados desde Kibo, el módulo japonés.

Dentro de ese litro de volumen cabe una nave espacial completa. Estructura, paneles solares en las caras, baterías, computadora, radio con antena desplegable y la carga útil de la misión: cámaras, sensores, lo que la ciencia pida. Genera su propia energía y ejecuta su misión de forma autónoma.
En ese volumen, cada centímetro está asignado. Los ingenieros llaman bus a los sistemas que mantienen operativa la nave; la carga útil es lo que cumple la misión. En un 1U, ambos compiten por el mismo espacio y por apenas unos vatios de potencia.
Tampoco es un satélite grande. Un CubeSat desplegado desde la Estación vive entre seis meses y dos años antes de que el arrastre atmosférico, la misma física del post sobre la mecánica orbital, lo devuelva a la Tierra. Sus cámaras compactas, muchas veces multiespectrales, no compiten con los instrumentos de los grandes satélites comerciales de observación.
El valor del CubeSat está en lo que inaugura. Es la escuela donde un país aprende el oficio completo, desde el diseño hasta la operación en órbita.
En un satélite pequeño existe una negociación constante entre subsistemas. Si la batería pesa más, otro subsistema debe ceder ese peso; lo mismo ocurre con la potencia. Aunque el volumen está estandarizado, todavía hay que analizar, inspeccionar y probar que todo funcione en conjunto como dicta el diseño.
Costa Rica, Guatemala y Paraguay: tres países sin historial espacial que llegaron a orbita
Tres países de nuestra región, ninguno con historial espacial, llegaron a órbita entre 2018 y 2021 con cubos de un kilogramo.
Costa Rica fue primero. El Proyecto Irazú, una alianza entre el Tecnológico de Costa Rica y la asociación regional ACAE, lanzó en abril de 2018 el primer satélite centroamericano: un CubeSat 1U para monitorear la fijación de carbono en bosques.
El dinero salió de donde había: 120,000 dólares de seis empresas, 81,000 recaudados en Kickstarter y 500,000 que el TEC puso en salarios de investigadores durante dos años. El satélite fue ensamblado en Costa Rica por ingenieros costarricenses.
Guatemala siguió en 2020. El Quetzal-1 de la Universidad del Valle ganó en 2017 el programa KiboCUBE de Naciones Unidas y JAXA, que cubrió su despliegue desde la Estación. Cerca de 100 estudiantes, profesores e investigadores, con edad promedio de 21 años, construyeron el 70% del satélite en Guatemala. Costo total: unos 250,000 dólares, menos que muchos apartamentos en Piantini. Operó 211 días midiendo fitoplancton en el océano con una cámara CMOS y un filtro que el propio equipo diseñó.

Paraguay siguió otra ruta en el año 2021. Los ingenieros Adolfo Jara y Aníbal Mendoza participaron en el diseño y construcción del GuaraniSat-1 mientras terminaban sus posgrados en el Instituto Tecnológico de Kyushu, en Japón, dentro del programa BIRDS.
El CubeSat 1U viajó hasta la Estación Espacial Internacional a bordo de la nave de carga Cygnus NG-15 y fue desplegado desde el módulo japonés Kibo el 14 de marzo de 2021.
Permaneció unos 16 meses en el espacio y completó más de 7,000 órbitas. Una de sus misiones conectaba sensores instalados en el Chaco con el satélite para recopilar datos sobre la presencia del insecto que transmite el mal de Chagas.
Tres rutas distintas terminaron en el mismo lugar: un país nuevo en el registro de objetos espaciales de Naciones Unidas.
Conviene decir también lo que no salió bien.
En 2019, la NASA describía tasas históricas de éxito cercanas al 50% para CubeSats. Esa cifra ya no representa el estado actual, porque la tecnología y las prácticas cambiaron mucho desde entonces.
La lección sigue vigente: varios equipos confundieron componentes baratos con misión barata y recortaron pruebas justo donde más falta hacían. Un satélite debe llegar al lanzamiento listo para funcionar, porque una vez en órbita no puede contar con una reparación física.
QuisqueyaSat-1: el CubeSat con cédula dominicana
En el INTEC, un grupo de investigación liderado por el ingeniero aeroespacial Edwin Sánchez desarrolla el QuisqueyaSat-1, el primer nanosatélite dominicano. La misión está diseñada para detectar sargazo en el mar Caribe y procesar las imágenes con inteligencia artificial a bordo antes de enviarlas a tierra. En términos simples, el satélite puede identificar qué imágenes contienen sargazo antes de gastar su limitado enlace de radio al transmitirlas.

En 2025, estimaciones citadas por el Gobierno dominicano advertían que entre 620,000 y 930,000 toneladas métricas de sargazo podían llegar a las costas del país, dependiendo de las corrientes y otras condiciones ambientales. Cuando el alga se acumula y empieza a descomponerse en la orilla, produce malos olores, afecta los ecosistemas y deteriora playas de las que depende buena parte de la actividad turística.
Retirarla exige cuadrillas, maquinaria especializada y una logística considerable. Detectar los cúmulos desde órbita y seguir su trayectoria antes de que lleguen a la costa es precisamente el tipo de problema que puede atacar un satélite pequeño.
El proyecto recibió financiamiento del Estado: el MESCyT aportó unos 5.5 millones de pesos a través del FONDOCYT y el INTEC añadió alrededor de 2 millones. Parte del equipo también se ha formado fuera del país. Investigadores del INTEC recibieron entrenamiento en nanosatélites con la agencia espacial india ISRO y, más tarde, en operaciones, integración y pruebas de CubeSats con la IILA y la Universidad Sapienza de Roma.
Desde febrero de 2025, el INTEC tiene además una estación terrena donada por la IILA, instalada y probada en su campus. Es el conjunto de antenas, radios y equipos que permitirá comunicarse con el satélite desde Santo Domingo. Es el mismo patrón que aparece en Guatemala y Paraguay: talento local que se forma con socios internacionales y luego trae ese conocimiento y esa infraestructura de vuelta al país.
Lo que viene después del primer CubeSat
El caso de Costa Rica enseña que el primer satélite funciona como infraestructura. Después del Irazú vino el laboratorio de sistemas espaciales del TEC. Del laboratorio salió un clúster aeroespacial que hoy agrupa 36 empresas. En 2021, tres años después de aquel cubo de un kilogramo, el país aprobó su agencia espacial.
Es bueno poner el límite en el lugar correcto. Un CubeSat solo no reproduce una constelación comercial. Empresas como Planet o Spire operan decenas de naves y lo que venden es el flujo de datos que produce el sistema completo, con sus estaciones terrenas, su procesamiento y su software.
Una primera misión dominicana prueba un sensor, entrena un equipo y demuestra que la cadena desde la órbita hasta el usuario funciona. Vale por lo que mide y por lo que deja montado en tierra.
Yo quisiera que, aun si la primera misión dura pocos meses o no cumple todos sus objetivos, deje algo más valioso que el propio satélite: un equipo dominicano que ya haya pasado por el proceso completo de convertir una idea en una misión espacial real. Si ese conocimiento queda en INTEC, la segunda misión empezará mucho más adelante que la primera.
Las opiniones expresadas en este blog son exclusivamente personales y no representan la posición de ningún empleador actual o pasado, ni de ninguna organización o institución con la que esté o haya estado afiliado profesionalmente.